La culpa de todo, dice Fabián Sevilla, la tienen los títeres. Cuando él y su hermano gemelo, Ariel, tenían 9 años, sus papás les regalaron títeres y una retablo, y ahí empezó todo. En la primaria, iban por los demás grados haciendo funciones; a los 16 años, escribieron su primera obra de teatro –una versión musical de El Mago de Oz–; y desde entonces, él nunca dejó de ser un “bicho teatral”, como él mismo se define.

Como periodista, trabajó en revistas para niñas y niños, y allí conoció a los grandes autores argentinos de literatura infantil y juvenil. “Hasta que un día dije: ‘¡Yo quiero escribir como ellos!’”, cuenta Fabián. Así, se pasó a la narrativa y, en los últimos años, escribió decenas de obras de teatro y cuentos para chicos, como Cerebro de monstruo, Amadeo y su sombrero o El resfrío del Yeti. “Siempre digo que soy escritor gracias a los libros y los escritores que he leído”, asegura.

¿Qué debe tener, para vos, un buen libro infantil?
Como lector de narrativa o teatro quiero una buena historia, con personajes entrañables y sólidos, además de estar bellamente escrita. A la poesía le exijo palabras y rimas que me generen emociones. Y por supuesto, las ilustraciones: yo soy de esos que, como hacen los chicos y las chicas, piden “a ver el dibujo…”. Un libro me entra por los ojos: cuando voy a una librería o biblioteca a buscar un libro no me importa el autor ni el título, sino la estética del objeto; luego puede ocurrir que no me cope la obra pero no siento que haya perdido tiempo al leer algo que no me gustó o que dejé por la mitad.

¿Cuál fue la primera historia que leíste (o te leyeron) y te marcó?
Todos los cuentos maravillosos de Charles Perrault y los hermanos Grimm en sus versiones pre Disney. Aparecían publicadas en una colección llamada El Tesoro de la Juventud, reedición de fines de la década de los ‘30, que estaba en la casa de mi abuela y que heredé cuando ella murió. Cuando me fui del país a trabajar como periodista, entre las cosas que perdí, estaba esa colección, y a mi regreso me aboqué a recuperarla. El año pasado pude conseguirla completa en una librería de rarezas y la tengo en un estante de mi biblioteca, que está apenas levanto la vista.

¿Qué característica de niño conservás?
La capacidad de creer que todo es posible; no me cuestiono si hay lógica o racionalismo en las historias que creo. Para mí, en el plano de la literatura, nada es cuestionable porque todo puede ser… Otra cosa que descubrí es que me gusta jugar, algo que no hacía de niño (era un chico muy callado, tímido y aburrido). Ahora, cada vez que doy un taller a adultos o visito a los lectorcitos en las escuelas, me brindo el lujo de jugar. Y, como a los chicos, no me importa nada.

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