Para contar la historia de Gustavo Roldán (h) -hijo de los reconocidos autores infantiles Gustavo Roldán y Laura Devetach- hay que empezar por el principio. “Nací en una especie de nido donde la literatura, la música y el teatro eran tema cotidiano. Tanto por mis padres como por sus amigos, que eran dibujantes, músicos y gente de teatro”, recuerda. “Las conversaciones eran siempre vitales: la gente comentaba sus proyectos, sus logros y sus problemas. Era tan natural como el pan en la casa de una familia de panaderos”.

Primero se interesó por el dibujo, pero pronto sintió ganas de contar historias. Así, en su infancia, comenzó a dibujar y a escribir frenéticamente, a hacer historietas y enciclopedias. “Hacía todo con total irresponsabilidad por el resultado. Un estado de libertad absoluto y maravilloso”.  

Más tarde, con el final de la dictadura militar, Gustavo vivió con alegría el renacimiento de las editoriales independientes en Argentina. “Después de un largo parate, volvieron a circular libros ilustrados”, cuenta. “Me moría de ganas de hacer eso y me metí de cabeza. En 1986 ilustré mi primer libro: “El sapo más lindo del mundo”, de Ricardo Mariño, un libro con un puñado de cuentos preciosos. Ilustré muchos libros durante varios años, hasta que volvió la necesidad de escribir mis historias. Desde entonces, la mayor parte de mis libros son de mi autoría integral”.

Así, en las últimas tres décadas, Gustavo ha publicado sus libros en distintos países, expuso su trabajo en muestras internacionales y recibió varios premios y reconocimientos, tanto en Latinoamérica como en Europa. Hoy vive en Barcelona.

¿Qué debe tener, para vos, un buen libro infantil?

Debe contar una buena historia, tener garra, ganas de contarla por parte del escritor y ganas de ilustrarla por parte del ilustrador. Sin moralejas, nada de enseñanzas: sólo una buena historia. Que sea o no ilustrado, es secundario: un buen cuento puede aguantarse solo, según mi punto de vista. Pero cuando es un libro ilustrado, me interesa que los dibujos complementen el texto, que aporten algo que no está escrito. Prefiero que el dibujo sea parte de la historia y que sea tan importante como cada una de las letras que conforman el texto. Por eso, no me interesan los libros excesivamente ilustrados, con grandes decorados apabullantes de detalles, como no me gustan las excesivas descripciones en la historia. Un rayo, una nube y una palmera con las hojas sacudiéndose alcanzan para hacer ver al lector una tormenta tropical que arrasa una isla entera, si se hace con los trazos justos. Tanto dibujando como escribiendo.

¿Cuál fue la primera historia que leíste (o te leyeron) y te marcó?

No puedo decir el orden exacto, pero fue más o menos así: las revistas de La pequeña Lulú y La zorra y el cuervo (ambas publicadas por la editorial mexicana Novaro); la colección Cuentos de Polidoro, por la demencia de los dibujos de Napoleón, Grillo, Sábat y Barnes, más que por las historias; y los cuentos de mi viejo (antes de que empezara a publicar libros infantiles, muchos años antes), improvisados en el momento, mientras mi hermana y yo escuchábamos sentados a los pies de la cama, cada viernes a la noche (las ventajas de no tener televisión).

¿Qué características de niño conservás?

Salgo a caminar todos los días. Me pierdo por el barrio, sin rumbo fijo, miro a la gente, miro las sombras de la gente en el suelo. Lo hice toda la vida. Antes, en un pueblo pequeño de Córdoba; ahora, en una ciudad no muy grande que adopté –Barcelona–, pero la idea es la misma: en esos paseos, la cabeza se impregna de ideas, piensa sola. No me gusta que me digan lo que tengo que hacer, ni un poquito. Soy caprichoso en el sentido de que quiero controlar todo lo que hago, de punta a punta, de ser posible. Y me sigue gustando escribir y dibujar.

ENCONTRÁ "EL SEÑOR G.”, DE GUSTAVO ROLDÁN (H), ACÁ.